martes, 23 de agosto de 2016

MIRADAS



Hablando de la obra de arte Félix de Azúa explica en su Diccionario de las Artes el desconcierto que ha traído el arte contemporáneo al mundo. ¿Cómo puede ser que una raspa de sardina por estar colgada de una cuerda en una galería de arte sea “obra de arte”? ¿Cómo es posible que acabada la exposición la raspa regrese al mundo cotidiano como si nada hubiera pasado? Hemos llegado al extremo de confundir los instrumentos de limpieza que alguien dejó en un rincón del museo con una “instalación”.


“Incluso una obra de arte que sale de la galería con destino a una relación permanente de contemplación, yace al cabo de pocos días en un muro de comedor, en donde solo recibe la atención de los invitados, los cuales no la pueden contemplar como obra de arte, están tan ocupados tratando de identificar el tenedor del pescado, y la reducen a mero objeto especulativo. O sea se preguntan por el precio.”

Esto de la relación del objeto de arte con el lugar donde está y la mirada del que la contempla me parece que se puede trasladar al desconcertante asunto de la fe, que tiene menos que ver con la ortodoxia de lo que nos han contado.

“El lugar, la espacialidad donde de puede aparecer la obra es determinante, pero la relación con los humanos genera espacios de aparición “portátiles”, espacios que se trasladan allí donde tiene lugar la relación. Porque toda relación estética precisa de un lugar. Nunca se da en el vacío de la pura conciencia.”

Y ahora viene el ejemplo en el que arte y fe se cruzan:

“Así por ejemplo muchos iconos rusos templados por las lámparas de aceite y recluidos durante siglos en oscuros rincones de iglesias acebolladas, en donde mantuvieron viva la feroz mirada de un dios oculto, son ahora ornamentos de un importador de bacalao. Sin ojos labriegos que sostengan la mirada del dios que llegó a Siberia desde Bizancio no hay dios que valga.

 




Pero siempre cabe la posibilidad de que el importador de bacalao tenga un sirviente calmuco o bielorruso de origen humilde que mire el icono con ojos distintos a los de su amo, e incline la cabeza al pasar delante del icono con el plumero en la mano. En cuyo caso, y sin que el amo lo sepa, un dios ha venido a habitar la casa del importador de bacalao, gracias a su sirviente.”

Otro ejemplo:

“El caso más extraordinario es el del llamado arte salvaje o primitivo, puesto en circulación por algunos estetas de principio de siglo, entre ellos Picasso. Desde entonces, raro es el salón de diplomático, de potentado o financiero cristiano, que no exhiba un ídolo Dogon, un tótem polinesio o una máscara esquimal, mucho más chic que un crucifijo o una Virgen del Pilar. Recuerdo muy bien una reunión literaria en la que un invitado de Guinea, no se movió de su sillón, atornillado a un whisky y a la mirada demoníaca de un muñeco sucio y recosido que reposaba en una urna a la que nadie excepto él prestaba la menor atención. No abrió la boca y se retiró muy temprano. Es la única vez que he visto palidecer a un negro. Nadie volvió a saber nada más de él.”
 
En esa mirada creyente en el icono bizantino o en el ídolo africano está toda la enjundia de la fe. La mirada que transforma una tabla pintada o un ídolo de madera en objeto sagrado al que se teme o reverencia. La mirada entrenada del entendido en arte, el oído entrenado del musicólogo o amante de la música. La experiencia estética y la experiencia de fe comparten capacidad transformadora.

2 comentarios:

Magí Ribas Alegret dijo...

De ahí que para ser indeleble, este aprendizaje de la creencia deba inocularse a edades tempranas. Aunque se pretenda hacer delete al disco duro, sobrevivirá la huella del pensamiento mágico, desde la noche de los tiempos, el instrumento más poderoso de control social. Creo que ha quedado claro.

PD. Pequeños accionistas del POP, tic-tac.

Ana A dijo...

No iba en ese sentido mi comentario, indudablemente la religión es un instrumento de control social, nos lo van a contar a los españoles nacidos después de 1939...
Iba en el sentido de la fe que está en la conciencia de la persona, que los objetos o los lugares son sagrados cuando se cree en ello. Eso no es un motivo de desdoro o que le quite "dignidad" al hecho de creer, es sólo una observación frente a la reificación, objetivación, materialismo practicado en "Opus Dei" y organizaciones similares con respecto a lo sagrado, entra en juego la conciencia individual de la que no se puede prescindir y a la que no se debe manipular ni obligar. Que cosas digo...
De ahí también el castigo que espero tiene que estar reservado para todos los innobles que juegan con estos sentimientos tan personales y tan estructurantes cuando son de verdad. Me acuerdo de la piedra de molino y que lo arrojen al mar...