sábado, 17 de diciembre de 2016

MEMORIAS DEL MANICOMIO

De cara a la sucesión: parece que no sabemos si tenemos que llevarnos bien con Argentina o con Cataluña. Me llama la atención que el famoso padre Angel tan caritativo con los pobres, necesitados e inmigrantes sea un protegido del OD.
Nadie escapa a l'emprise de la "divina obra". Acabo de ver a la periodista pamplonica Cristina Pardo hacer sus gracietas ante toda la plana de los políticos. Los de Podemos en la misma mesa que el Hernando del PP. Todos en la misma barca, no veo coherente un compromiso con los ciudadanos más desfavorecidos y participar en ese absurdo convite. Los "radicales" domesticados del sistema.
No entiendo que hacen sentados Errejón e Iglesias en esa mesa puesta al estilo opusino, con venga de vasos, cubiertos y servilletas, como de boda, con los dignos sucesores de Franco, "alternando" la derecha y la izquierda. Franquistas todos, unos derechamente y otros indirectamente, por acatar el orden constituido sobre una farsa.






He tenido la oportunidad de escuchar a Enrique González Duro, psiquiatra jiennense ya jubilado autor de una treintena de libros, cuyos títulos bastan para indicar el motivo
por el cual lo catalogo como uno de los intelectuales españoles más interesantes y dignos de atención:

Las rapadas, el franquismo contra las mujeres
Memorias de un manicomio
Psiquiatría y sociedad autoritaria
Reforma psiquiátrica en la provincia de Jaén
Prácticas e ideas en el tratamiento de la locura

González Duro se hizo famoso en la ciudad en la que resido por intentar una reforma en el manicomio provincial a principios de los años 80. El asunto acabó fatal, lo echaron los mismos que lo habían llamado y alegando los mismos motivos por los que lo habían llamado, la diputación gobernada por el PSOE desde entonces hasta hoy. Entiendo que hubo juicio y he de profundizar más en todo este asunto para saber en qué acabó. Ahora, pasados los años, regresa a la ciudad en la que pasó su infancia y es acogido con “pompa y fasto” por la academia. Me alegro, porque dentro de poco, el hombre es mayor, lamentaremos su pérdida y es una de esas personas que podría estar hablando 24 horas sin aburrir al público. Todo lo que cuenta es interesante y verdad, las verdades ocultas de España, que él se atreve a desvelar en sus libros.



Inició su charla recordando que la revolución francesa con su Declaración de los derechos del Hombre planteó que todos los hombres nacen libres e iguales. Esta idea de la igualdad universal atacaba directamente las célebres “lettres de cachet” por las que el rey de Francia podía encerrar a su arbitrio a demanda de la familia a cualquier sujeto que resultara molesto para la buena sociedad, en particular seres indomables o que padecieran un trastorno mental. En aquella época había personas encerradas por tiempo indefinido en las cárceles, cuando fueron a la Bastilla el 14 de julio algunos de los pocos prisioneros eran un par de locos que fueron llevados a Charenton, manicomio de la época, tras la toma de la fortaleza por el populacho.

En el Antiguo Régimen los locos vagaban por el bosque abandonados a su suerte, o se los subía a un barco, la nave de los locos, que imagino se dejaba a la deriva para acabar con ellos. En Galicia las gentes que celebraban con un picnic el día de muertos en el cementerio veían aparecer a los locos que andaban sueltos por allí con la barba y el pelo largos y desgreñados, así se originó la leyenda del hombre lobo.

González Duro asegura que la psiquiatría nació por obra de un tal Pinel en el siglo XIX, y el origen de la disciplina está en ser una justificación para seguir practicando lo mismo que se venía haciendo con los dementes: encerrarlos. Los locos molestan a la sociedad y el aislamiento es terapéutico, se pensaba y se practicaba. De hecho a la psiquiatría se la denominó en Francia la “flicpsiquiatrie”, flic significa policía.

El poder es dueño de hacer lo que le venga en gana con los locos, supuestamente en beneficio del enfermo pero esa práctica fue un absoluto fracaso. En sus tiempos de estudiante cuando se planteó la especialidad de psiquiatría le mostraron un lugar dantesco, en un pabellón del Hospital General de Madrid estaban los locos atados como bestias, durmiendo en un montón de paja, con un mandilón como toda vestimenta y sucios de su propia caca y orines. Esto de la caca y la orina salió varias veces durante la charla, puesto que es y ha sido la realidad de la degradación a la que se ha sometido a esos enfermos reales y supuestos, que de todo hay y hubo en los manicomios.

González Duro entendió que la finalidad de la visita era disuadirle de realizar la especialidad, le quitaría clientela a sus profesores que trabajaban en consulta privada forrándose con la clientela selecta.

Cuando llegó a la ciudad de Jaén al psiquiátrico Los Prados, entre otras lindezas, dijeron que mientras él estuvo de director, los enfermos se suicidaban. Dice que su error fue no hacer exhibición de poder, más bien se deshizo de todos los atributos de poder que ostentaban hasta ese momento los directores. El asunto del poder del psiquiatra es fundamental  y lo ilustró con el ejemplo del rey loco Jacobo I de Inglaterra, el médico prometió que lo curaba pero tenía que quedar claro que a partir de ese momento, él, el médico, era el rey del rey. Lo curó a palos, mandando sobre él.
Explicó que contra lo que suele pensarse en los manicomios reina la paz del cementerio. La violencia y la maldad están fuera.

Un dato histórico desconocido, tenemos una dinastía reinante en la que han abundado los dementes. El problema es que los reyes españoles no dejaban que él médico los sometiese y los curase. Felipe V fue incapacitado y durante un año reinó Luis I, del que nunca se nos habló. Fernando VII aparte del rey más nefasto que ha tenido España, era un depresivo. Carlos I, un maniático obsesivo, esto lo conocemos de primera mano y es lo peor. De Isabel II no escuché bien la descripción pero parece estar claro que Alfonso XII era un bastardo y resumía nuestra situación política: en estos momentos tenemos dos reyes bastardos puestos por un dictador.


Enrique González Duro nació en Laguardia y vivió en Jaén. Fue un niño enfermo que no acudió a la escuela, se aficionó a la lectura. Su familia vivía en la calle de los Coches, en frente de San Bartolomé. Un día salió de su casa y por la calle Audiencia vió un desfile impactante, una procesión de mujeres rapadas a las que los chiquillos iban gritando “¡pelonas, pelonas!”, era un escarnio público al que se sometía a esas mujeres, asunto sobre el que reinaba el más completo silencio social, nadie preguntaba ni explicaba porqué o quiénes eran las pelonas.
Rapadas de Montilla con el brazo en alto

De chico pensó que ese espectáculo era propio de Jaén pero en el curso de sus investigaciones descubrió que parecidos cortejos había en todas las ciudades españolas. Con variantes. Nombró Pamplona, donde los militares y personas de orden tras oír misa de doce se iban a tomar el vermú a la Pza del Castillo y el espectáculo estaba constituido por las mujeres rapadas, represaliados por mujeres, madres, hijas de republicanos.  Fue una costumbre que se impuso sin ley ni decreto, se les daba a beber aceite de ricino que actúa como purgante y así iban por la calle sucias de su propia caca y sin pelo, como castigo y penitencia. Se inventó en España y lo copiaron en Francia, tras la segunda guerra mundial aplicaron también rapamiento a las mujeres que habían sido amigas de los nazis durante la ocupación.

Tuvo que escribir un libro “Los psiquiatras de Franco: los rojos no estaban locos” puesto que los psiquiatras franquistas habían dictaminado que sí lo estaban.
A este respecto recordó el juicio de Hildegard, una chica que había sido “programada” y educada exclusivamente por su madre. Hizo de ella una niña superdotada que con 15 años ya era licenciada en derecho. Un sexólogo inglés vino a conocerla y se a quería llevar a Londres cuando Hildegard tenía 17 años. La madre cuando vió que su hija aceptaba el ofrecimiento la mató. Hubo juicio y los peritos psiquiatras tenían opiniones contrapuestas: los peritos republicanos decían que la mujer, dña Aurora, era una enferma mental mientras que Vallejo Nájera, psiquiatra militar franquista, alegaba que no estaba loca y que era lógico lo que había hecho, cualquier otra mujer española en su lugar habría actuado igual. ¿A quién se le ocurre dejar marchar a la hija con un sexólogo a Londres nada menos?
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Rapadas en B

Los jueces le dieron la razón y Aurora fue recluida en la cárcel de Ventas. Una cárcel o un loquero, llegó a albergar hasta 10.000 mujeres internadas tras la guerra, maravilloso lugar desde el que se podía oír los fusilamientos de los hombres en las tapias de algún cementerio cercano. Dña. Aurora era de armas tomar, no podía gobernarla e inducía a la rebelión a las demás presas. Se la llevaron de allí sin decir adónde. Años más tarde se descubrió que estaba en el psiquiátrico de Ciempozuelos donde murió en 1956 tras pasarse los últimos 5 años de su vida sin hablar: el manicomio es peor que la cárcel. El encierro en el psiquiátrico consiguió doblegar a esta mujer indómita.

Las “mujeres rojas” por tanto no habían cometido delito ninguno, eran mujeres de moral dudosa, habían salido del hogar, se habían politizado, había ido a manifestaciones, huelgas durante la república. Algunas incluso habían empuñado el fusil como milicianas. Recuerdo que una de ellas fue mi admirada filósofa Simone Weil.
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Las mujeres españolas que se “liberaron” durante la segunda república lo pagaron carísimo. Vallejo Nájera, psiquiatra militar nada sutil, creó la justificación ad hoc: el sitio de la mujer es la casa, cuidar a sus hijos y atender al marido son las únicas funciones que de ella se esperan. De este tipo de consideraciones se nutrían los catecismos publicados por Sección Femenina de Falange. Las mujeres que se meten en política son de moral dudosa, tienen el virus marxista que pueden transmitir a sus hijos. De ahí la decisión franquista de que no hubiera niños en las cárceles, de ahí la necesidad de buscar quien se ocupara de los hijos de las mujeres represaliadas encarceladas. Y de ahí el comienzo del “negociazo” que ha hecho famoso a España y que los actuales gobernantes pperos descendientes directos de los inventores del sistema, procurarán que no se investigue y haga pagar: el robo de niños.

Se trataba de separar a los hijos de sus madres para que no les inocularan el virus marxista. Los niños tenían que abominar de sus padres y en esta labor, como no, monjas y frailes jugaron un papel insustituible. El robo de niños otra vergüenza nacional sin destapar más que una esquina y por poco tiempo, ha durado en España hasta los años 90. En la última etapa ya no eran motivos políticos los que llevaban a vender y comprar bebés ajenos, sólo que le habían cogido el tranquillo a la práctica, y se ve que ni se les ocurrió ni nadie les dijo que vender bebés es una ignominia. No sé, se me ocurre que a lo mejor los “defensores del no nacido” podían haberse preocupado de los nacidos. Pero qué cosas tengo, eran los mismos que organizaban la compraventa de bebés.
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Cárcel de Ventas, las reclusas de rodillas ante las ilustres visitas

Aquí llegó mi sorpresa cuando Enrique González Duro aseguró que el jefe de Neonatología de su hospital, el Gregorio Marañón, antes Francisco Franco, era un opusino, doctor Villa que acabó en Pamplona, como no. El diagnóstico que daban a las parturientas era que su hijo había fallecido de otitis, y así hubo una epidemia de otitis entre los neonatos españoles de la que nadie se preocupó. Se trataba de salvar almas. Las familias de “orden” pagaban a una monja que les procuraba el bebé, ¿y el pago para qué para quién y por qué? Interesante que sólo se acusara a una monja de todas las que debieron de involucrarse en la santificación del robo, precisamente cuando tenía más años que Matusalén y le quedaba medio telediario.

Para más datos del neonatólogo, su hijo dirigió la radiotelevisión castellano-manchega y el médico que había organizado la salvación de las almas cuando volvió de la clínica opusina pamplonesa a Madrid, lo nombraron presidente de la comisión deontológica del colegio de Médicos. La misma a la que Isabel Caballero pedía auxilio en su guerra con Enrique Rojas. Me dejó tan atolondrada con tal cúmulo de revelaciones que no estuve inspirada para pedir a González Duro que ahondara en el asunto del neonatólogo santificador del robo.

El asunto de la monja le llevó a contar una anécdota de sus años jiennenses. Las monjas de aquella época como los opusinos de todas las épocas se ganaban el cielo a su manera. Una bien curiosa era pegar si era necesario a los recluidos en los Prados, el psiquiátrico de aquí. En una ocasión la monja le arreó fuerte a un enfermo que le había pedido papel higiénico, y es que, vuelve la caca a esta historia, los locos tenían que pedir el papel, para no pedirlo se paseaban con un pedazo de periódico en el pantalón, hecho que sorprendió a González Duro cuando llegó. Y tenían razón los locos, si lo pedían se exponían a la violencia, signo de que estaban mejor de lo que parecía. El loco pidió y la monja le pegó.
El director del psiquiátrico habló con la superiora, ese hecho no podía quedar impune. Solución salomónica y muy común en ambientes eclesiásticos cuando un clérigo da problemas: cambiarlo de sitio. La monja “pegadora” fue desplazada pero el médico tuvo derecho a una portada del diario Jaén: “Una monja de los Prados sancionada por el director”, obviando el suceso que había dado lugar  a la “sanción”.

De ahí pasó a contar su experiencia con el clero, él que no iba a misa desde sus tiempos de primera comunión, hubo de personarse en la capilla del centro hospitalario porque el sacerdote aprovechaba el púlpito para emprenderla contra la reforma psiquiátrica y el reformador.
Como dijo José Antonio Primo de Rivera, también González Duro se apunta a un “amo a España porque no me gusta”. Hay mucho que hacer, mucho que remover, muchas piedras que levantar, muchas losas que se han echado sobre las realidades vividas y padecidas en el siglo XX tras la victoria del general Franco en una cruenta guerra civil, que no fue nada para la dura posguerra que siguió. Fueron peores las calamidades de aquellos años, la gente se moría de hambre y alguien se molestó porque recordó que su padre médico en Torredelcampo vió morir gente de hambre. Como en Biafra pero aquí, a pocos km.

Vallejo Nájera, el psiquiatra amigo de la familia Franco, había visitado los campos de concentración alemanes tras la guerra. De allí se trajo algunas lecciones que aplicó en la cárcel de Málaga, la dudosa moral de las mujeres politizadas y la deficiencia mental de los marxistas. Las mujeres fueron reducidas a minoría de edad con el generalísimo: no podían testar y para el código civil de la época eran meras sirvientas. Vallejo Nájera se extrañaba de que tras haber recluido a brigadistas internacionales en un campo de concentración de Burgos, estos no se hubieran arrepentido sino que siguieran reafirmados en sus ideas.
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En el tiempo de las preguntas González Duro trató otros temas interesantes. Por ejemplo, dijo que las autoridades andaluzas empezaron el melón de la privatización en la atención a los pacientes crónicos.
El tema precio de los medicamentos, uso y abuso de los medicamentos “psi”, ¿por qué hay más antidepresivos que nunca y hay depresivos que nunca? Significa que los antidepresivos no curan, es mejor “cronificar” a los pacientes que curarlos, los laboratorios pagan viajes y formación a los médicos que se inclinan a recetar sus medicamentos a troche y moche. Y los médicos se convierten en máquinas expendedoras de recetas, sería un ahorro increíble sustituirlos por máquinas de verdad a en las que uno mete los datos y saca el ticket del diagnóstico y receta.

Basándose en su práctica clínica asegura que los enfermos mejoran enormemente cuando se les desintoxica de medicación. Su labor en el Gregorio Marañón consistía en “desmedicar”, hay gente sana tomando pastillas. Aquí recordé el “Opus Dei”, especialista en diagnosticar enfermedades y recetar cantidades inmensas de pastillas, el pastillero, complemento indispensable de la numeraria de cierta edad. Más de 30 y ya todas con la pastillita.

“No me llevo bien con mi marido”, pastillita. “Tengo un problema laboral”, pastilla. Y son pastillas cada vez más caras.

Cuando llegó el primer gobierno del PSOE en el ministerio de Sanidad se presentó un equipo de profesionales competentes, deseosos de abaratar genéricos nacionalizando las medicinas más básicas. Pero entonces llegó Felipe G: “a los laboratorios ni tocarlos”. Ejemplo paradigmático de cómo el PSOE, esperanza de las clases populares que lo auparon en 1982, defendió a la oligarquía reinante, procedente intacta del franquismo. El equipo renovador tuvo que dimitir.

Los laboratorios justifican el precio abusivo llevando a los médicos por el mundo, regalando libros y congresos. Y los psiquiatras jóvenes convertidos en máquinas de recetar. O cambian su modo de actuar o desaparecerán.

Y añadió detalles sobre su interrumpida reforma psiquiátrica, los locos tenían miedo de salir al mundo real, había que estimularles, de 700 internos “liberó” a unos 200. Dijo que muchos vagabundos y sin techo son personas con problemas mentales sin atención.
Había un lugar que llamaban expresamente el “pabellón de los sucios” en el que no entraban los limpiadores. Una porquería indescriptible con la que me supongo quiso acabar. Narró cierto conflicto con los trabajadores sociales que debían desplazarse por unas carreteras entonces inmundas, hoy mejores, pero a lugares muy alejados, a dos horas largas de la capital, Jaén es una provincia bastante extensa y con serranías. Y se empeñaron los sindicatos en un convenio para desincentivar esos viajes de atención a domicilio de enfermos.
Recordó a Lafora el psiquiatra que se exilió y volvió teniendo que lidiar para poder recuperar su plaza. Habló de la reforma de la psiquiatría que se hizo en los 80, una reforma sin memoria. Y mencionó de pasada como los españoles cuando salen por ahí les agrada dar la nota, orgullosos de ser gamberros y  mostrarse como tal, en consonancia con este país sin memoria que entre todos hemos construido. Embrutecido.

Añadió que los enfermos ayudaron a construir el psiquiátrico jiennense desbrozando, eran “terapias ocupacionales” que se pagaban con un paquete de cigarrillos semanal o un cigarrillo. Es decir, esclavitud. Fregaban platos, lavaban la ropa por el mismo pago.

Repitió varias veces que el franquismo sigue vivo, que la herida de la guerra no se ha cerrado, son 119.000 desaparecidos  en fosas comunes que el PP reinante no tiene interés en buscar y desenterrar, porque el pueblo al tirar de las cerezas se daría cuenta de que son dignos sucesores de los responsables de tanta tropelía, ignomia e inmoralidad.  Sólo Camboya nos gana en desaparecidos.
El olvido vuelve, quien cuenta, narra y ejerce la obligatoria memoria se libera. Quien no lo hace y sigue acogotado por el miedo, muere enfermo. Así pasó con los que se libraron de los famosos campos de concentración nazis.

La guerra civil la provocó un levantamiento militar contra un régimen democrático legtimamente constituido. Y un bando cometió más barbaridades que el otro, dijo. Lo descubrieron quienes iniciaron la Causa General de la Guerra Civil, causa general que se dejó de proseguir porque se veía claramente quien había sido sanguinario en extremo, con una política de exterminio buscado desde el poder que da ser un militar al mando de un ejército contra el pueblo.
Por no hablar de la posguerra, en la que no hubo perdón, sino ensañamiento como lo muestra el caso de las “pelonas”. Mujeres escarnecidas públicamente, en un revival de procesos inquisitoriales que creíamos definitivamente muertos. Tras la guerra civil americana hubo perdón y reconciliación. Aquí no.

El rey emérito del que no hablamos ¿Por qué hemos de tener dos reyes a falta de uno? Está bien claro, Juan Carlos quiere conservar los beneficios de la inmunidad, y la impunidad que le otorga el simulacro de constitución del 78.
Y un último caso del franquismo en todo su esplendor: tras la guerra y cerca del Manzanares se instaló un centro modelo para mujeres, dirigido por un discípulo de Vallejo Nájera, allí se internaban las mujeres no franquistas con sus bebés. Sólo podían verlos para darles de mamar y así ahorrar la leche al estado. Luego los separaban para que no les inocularan el virus marxista.
Como digo ¿dónde estaban los defensores del no nacido?
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Se dejó que la nieta de este prócer de la ciencia al servicio de la sanguinaria e implacable dictadura de Franco es hoy una escritora de éxito que nos ilustra sobre las apariciones de la virgen en un pueblo de la provincia de Madrid. También su padre, hijo del prócer, fue psiquiatra de éxito y superventas en la transición.



3 comentarios:

Anónimo dijo...

Es curioso que la terminología usada por los podemitas coincida con la opusina. “Circulos” de podemos, la misma estructura que el Opus. Siempre me ha parecido que es intencionado. A los afiliados, o algo así, les llaman “inscritos”, como los numerarios “inscritos”, los más pata negra. Por algún sitio he leido que hay podemitas “no agregados”. Ahora les han mandado a los podemitas que escenifiquen peleas, a la voz de ar, y en esas están. Es posible que los disuelvan, o medio disuelvan, del mismo modo que los crearon.

El doctor Villa, del Opus. Como su hijo Nacho Villa, en sus tiempos prototipo de numerario, muy politizado. Se salió, pero siguió trabajando para el Opus. Cuando se ha juntado con la Cospedal le han dado toques, sin hacer sangre.

Anónimo dijo...

Coincidió el vaciamiento -devolverles a sus casas sin aportar medios, o antipsiquiatría- con el final del régimen. De ahí que ahora se tenga miedo a salir de casa -y por nuestros hijos- y ciertas nostalgias.

gostosinho dijo...

El colegio mayor Olabidea, del opus dei, ese quiero saber, ¿lo han CERRADO?
https://www.youtube.com/watch?v=xxtDe75AHWc